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Biografía
por Juan Carlos González Espitia, Universidad de Carolina del Norte en Chapel Hill

José María Vargas Vila nace el 23 de julio de 1860 en Bogotá, hijo del general José María Vargas Vila y de Elvira Bonilla Matiz. Como se ve, Vargas Vila adopta los dos apellidos del padre y omite el apellido de su madre. Las transmutaciones patronímicas van más allá, cuando se hace escritor reconocido y empieza a firmar únicamente con los dos apellidos, dejando de lado los nombres de pila que le conectan con la tradición católica que le es tan antipática. El padre, casi siempre ausente, ejerce el oficio de militar al servicio del liberalismo radical y muere en combate en cercanías del pueblo de Funza cuando Vargas Vila aún es un niño.

Portrait of Vargas Vila José María Vargas Vila (1860-1933)

Tras la muerte del padre, la familia se traslada a Bogotá. Allí el joven hace la escuela primaria y cursa los años de formación secundaria. Sin dinero para pagar los estudios universitarios se enrola como soldado en el ejército del general Santos Acosta. En 1876 participa en la campaña contra los conservadores clericales en el Cauca. A partir de 1878 ejerce varios cargos como profesor, primero en Ibagué, luego en Guasca y en Anolaima.

El año de 1883 marca el preludio de la leyenda de Vargas Vila. Inicia entonces su trabajo como profesor en el Liceo de la infancia, regentado por el sacerdote jesuita Tomás Escobar. Este es el mismo plantel educativo del que fuera alumno el poeta modernista José Asunción Silva. Vargas Vila parece ceñirse maravillosamente a las normas de la sociedad bogotana, tanto que el 5 de junio de 1884 aparece publicado en el Papel periódico ilustrado un poema titulado "Recuerdos de mi primera comunión" escrito por él para celebrar las primeras comuniones de los niños del colegio. La situación cambia radicalmente con otra publicación, ésta del 30 de agosto de 1884, en la primera página del periódico La actualidad, dirigido por Juan de Dios Uribe. Tras haber sido expulsado del colegio por razones que no son claras, pero que la especulación ubica entre lo político y lo económico, Vargas Vila acusa al doctor Escobar de corromper y abusar sexualmente de los estudiantes.

El escándalo se apodera de la ciudad. La defensa de Escobar, a cargo de Carlos Martínez Silva, emplaza a varios testigos de la época en que Vargas Vila era militar. Se le acusa entonces de hurto, de travestismo, de sodomía. Vargas Vila abandona la ciudad para siempre.

Durante la guerra civil regeneradora de 1885 se desempeña primero como profesor en Villa de Leiva y luego deja la pizarra por las armas y funge como secretario del general Daniel Hernández del ejército liberal. Tras la victoria conservadora huye e inicia la redacción de sus textos de invectiva política reunidos en Pretéritas, uno de los más conocidos del autor.

Al poco tiempo reaparece en Rubio, Venezuela, como cofundador de La federación, periódico de vida corta que ataca ácidamente el gobierno regenerador. En 1887, mientras reside en San Cristóbal, redacta su primera novela, Aura o las violetas, única producción incluida hoy en el canon de libros leídos en los centros educativos de su país. Sin embargo, el mismo autor acusó este único remanente de propiedad literaria de "libro inexperto de un romanticismo deplorable".[1]

Entre 1888 y 1892 permanece en Caracas fustigando el gobierno de Núñez que entonces se encuentra en manos de Carlos Holguín. Entre 1890 y 1891 publica en Caracas dos diarios fugaces, El eco andino y El espectador. En 1892 viaja por primera vez a Nueva York y escribe para el periódico El progreso. En octubre de ese mismo año el general Joaquín Crespo toma el poder en Venezuela y Vargas Vila es llamado del norte para servirle como secretario privado. El empleo gubernamental no dura sino hasta finales de 1893, pues en enero del 94 se encuentra nuevamente correspondencia suya en Nueva York.

A contrapelo de la crítica pertinaz que se ha hecho en contra del escritor, el aprecio de un personaje tan capital para Latinoamérica como José Martí por Vargas Vila demuestra la importancia de la palabra del colombiano en la conformación de un proyecto político y literario hemisférico. En carta del 14 de marzo de 1894 le escribe el insigne cubano: "Yo le amo a usted la palabra rebelde y americana, como hoja de acero con puño hecho a cincel, con que cruza las espaldas sumisas o los labios mentirosos: yo le amo la hermandad con que se liga usted, en este siglo de construcción y de pelea, con los que compadecen y sirven al hombre".[2]

En Nueva York Vargas Vila ejercita la pluma en su revista Hispano América, editada en conjunto con César Zumeta entre 1894 y 1896, y en la elaboración de su libro de fuerte invectiva política Los providenciales.

En 1896 se encuentra en Europa y corre la especie de que Vargas Vila se ha suicidado en compañía de una hermosa mujer a bordo de un barco que hace viaje de Italia a Grecia. En realidad todo lo que ha ocurrido es una avería en cercanías de Sicilia. La falsa noticia basta para que se escriban elogios e insultos. Elogiosas fueron las palabras de la peruana Mercedes Cabello de Carbonera y del que hasta entonces Vargas Vila consideraba su enemigo, Rubén Darío. La aversión que sentía Vargas Vila por el gran poeta se remontaba a 1893, cuando el nicaragüense aceptó el nombramiento como cónsul de Colombia en Buenos Aires de manos de Miguel Antonio Caro, esto es, de manos de Rafael Núñez. El odio que tenía Vargas Vila por el regenerador se extendió al vate, a quien llamó "Poeta-Cortesano". Sin embargo, el rumbo de la relación entre ambos escritores cambió cuando Darío publicó en La nación un elogioso epitafio tras la supuesta muerte del panfletario en Grecia: "¡Amable enemigo mío! Como en la tumba de la ‘Aphrodita’ de Pierre Louys, pondría en la tuya un conmemorativo y sonoro epigrama, en un griego de Nacianzo; y dejaría para ti y para tu bella desconocida –¡así tendría a Venus propicia!– ¡rosas, rosas, muchas rosas!"

En 1898 publica Flor del fango en Nueva York y al poco tiempo, en marzo de 1899, se encuentra en París, allí entra en contacto con la comunidad intelectual hispanoamericana: Se reencuentra con César Zumeta, conoce a Enrique Gómez Carrillo—a quien con los años se opone profundamente y define como "un caniche de cupletero, enviciado y amaestrado a las más viles delectaciones"[3] — a los literatos Rufino Blanco Fombona y Amado Nervo, de quien tiene opiniones que van desde la leve alabanza hasta el comentario de repulsa.

En junio de este año es nombrado como cónsul general y agente confidencial de Ecuador en Roma. Su trabajo es establecer relaciones con el gobierno del Rey de Italia. Allí publica la disidente novela Ibis y el folleto Ante los bárbaros, una fuerte crítica a la doctrina Monroe de los Estados Unidos frente a Latinoamérica que había redactado durante su estadía en Nueva York.

En 1900 visita brevemente la Exposición Universal de París y se reúne con Rubén Darío, quien luego le visita en Roma. Una vez terminada su labor diplomática en Italia, Vargas Vila regresa a Lutecia y allí permanece hasta marzo de 1903, cuando se dirige nuevamente a Nueva York. En la ciudad norteamericana publica su conocida revista de arremetida política Némesis, pero la brusquedad de sus ataques contra los Estados Unidos, Colombia y Panamá tras la cesión del istmo hace que le presionen para abandonar el país.

El aparente triunfo literario de Vargas Vila se le convirtió en una losa sobre la espalda. A partir de 1912 escribe constantemente para satisfacer compromisos con la casa editorial Bouret en Francia y con Maucci en España. Esta situación le permite vivir de manera holgada, pero le obliga a escribir sin pausa, aún sobre asuntos que no quiere tratar literariamente, como la Primera Guerra Mundial.

En 1918 reestablece su residencia en Barcelona. La belleza de la ciudad, la cercanía al mar, y la sensación de que finalmente tiene un lugar al que pertenece hacen que el escritor disfrute de algunos años de sosiego. La fama recogida desemboca en un contrato con la conocida casa editorial de Ramón Sopena para publicar sus obras, que suman entonces mas de cuarenta volúmenes, en versión definitiva. El autor resuelve que las regalías resultantes del contrato con Sopena deben ser recibidas por Ramón Palacio Viso, a quien Vargas Vila nombra su hijo adoptivo y único heredero. También pertenece a Palacio Viso el diario que escribe desde el preludio del siglo veinte hasta el final de sus días y al que titula Tagebücher.

La salud física y mental de Vargas Vila empieza a decaer a partir de la década de los años veinte; se hace más solitario, se aleja aún más de los conciliábulos literarios, merma su pasión de los viajes. Esta actitud refuerza las mistificaciones de sus críticos sobre ideas extrañas como que tiene lepra, accesos de locura, o epilepsia. Aún así, en 1924 cruza el Atlántico para recorrer varios países de América del Sur. El viaje incluye estaciones en Argentina, Uruguay, Brasil, Colombia, México y finalmente Cuba. Permanece en la isla por varios meses atendiendo sus problemas de salud y la ceguera progresiva de Palacio Viso. En La Habana intenta invertir en diferentes negocios para lograr el sustento continuado, pero las especulaciones no resultan.

Para diciembre de 1929 se encuentra de vuelta en Barcelona. Más soledad, más aislamiento, más enfermedades del cuerpo y del alma. Vargas Vila muere el 23 de mayo de 1933. A pesar de su deseo expreso de no ser enterrado en Colombia, en Colombia termina. Un grupo de intelectuales trae sus restos en 1981, a cien años de su nacimiento en Bogotá.

Muchos años después de muerto sus restos conservan todavía el aura de agravio y molestia y terminan en un nicho sepulcral de los masones, una logia a la que posiblemente no perteneció. Se prometieron monumentos a la memoria del panfletario, por supuesto. Se llegaron a firmar leyes para el efecto, por supuesto. Por supuesto no se han cumplido.

NOTAS:
La versión completa de este ensayo apareció en Pensamiento colombiano Siglo XX (Bogotá: Fundación Pensar, 2007), p. 311-329.
[1]José María Vargas Vila, Aura o las violetas (Bogotá: Panamericano Editorial, 1999), p. 13.
[2]José Martí, Obras completas (La Habana: Editorial de Ciencias Sociales, 1991), vol.20, p. 448.
[3]José María Vargas Vila, Diario (De 1899 a 1932) (Barcelona: Ediciones Áltera, 2000), p. 174.
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